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Arafat: La batalla definitiva de Arafat
Enviado el Monday, 15 September a las 13:33:22 por sodepazadministrador

PALESTINA Ariel Sharon ha sentenciado a deportación o muerte al líder de los palestinos porque quiere negar la existencia de este pueblo árabe

MATEO Madridejos (El Periodico)
Periodista e historiador



Al pronunciar la condena de deportación o muerte contra Yasir Arafat, el Gobierno israelí descendió un peldaño más en el camino hacia la barbarie total iniciado hace tres años con la provocación que desató la intifada. Sólo las presiones de Washington aplazaron la ejecución de la sentencia ante el temor de un incendio de proporciones colosales en todo el Oriente Próximo. La ambigua decisión pende como una espada de Damocles no sólo sobre el líder palestino, sino sobre cualquier sospechoso de insumisión, y cierra el nuevo ciclo infernal de terrorismo suicida y asesinatos selectivos. El desastre comenzó con las horribles imágenes de los últimos atentados y culminó cuando el Gabinete de Ariel Sharon abolió la distinción entre líderes políticos y jefes operativos de las organizaciones extremistas, según confirmó la frustrada liquidación del jeque Yasin, jefe espiritual de Hamas.

RESULTÓ evidente que la calculada proscripción de Arafat es una opción desastrosa. Levantó un clamor internacional de indignación y permitió al líder palestino, con la habilidad y el cinismo que le caracterizan, ocupar las candilejas y promover su aclamación por unos ciudadanos que lo han perdido todo y siguen bajo la bota del ocupante 10 años después de haber cifrado sus esperanzas en los acuerdos de Oslo y en su fórmula de paz por territorios, renovados y rebajados en junio, en la Hoja de ruta, marchita a los tres meses. Nadie duda de las tremendas responsabilidades de Arafat en los sufrimientos de su pueblo, de su incompetencia legendaria para comportarse como un estadista que asume riesgos, pero que supera su pasado como jefe e icono revolucionario al servicio de unas masas cuya desesperación las induce al martirio. Su última maniobra fue la liquidación del Gobierno de Abu Mazen, al negarle los servicios de seguridad, pieza clave del proceso para desmilitarizar la intifada. Atentados y represalias han minado por completo las siempre sombrías perspectivas de paz. Pero la tragedia de medio siglo resultaría incomprensible si no se analizan sus causas, más allá de la condena ritual de la carnicería suicida o de la diatriba contra la brutalidad que se ha enquistado insidiosamente en las altas esferas civiles y militares de Israel. Como los métodos sofisticados y expeditivos no han servido para erradicar el terrorismo, la deportación de Arafat seduce a los políticos como última solución cada vez que un atentado les inflige un nuevo fracaso táctico, aun a sabiendas de que el exilio no reducirá su influencia sobre los acontecimientos. Los asesinatos selectivos y las acusaciones reiteradas contra el líder palestino son la manida respuesta de Sharon ante la cólera y la sed de venganza que se apodera de gran parte de los israelís en los momentos de mayor tribulación.

EL GOBIERNO israelí, el Ejército y los servicios secretos conducen, ante todo, una contienda política, en la que no se trata tanto de eliminar el terrorismo cuanto de sojuzgar al adversario. Los métodos bélicos que no respetan las leyes de la guerra quizá estimulen los actos de terror, pero Sharon y los suyos consideran que es "el alto precio que tenemos que pagar por destruir la capacidad de los palestinos para mantener una existencia nacional", según denuncia el historiador israelí Zeev Sternhell en un clarividente artículo. El objetivo final de los líderes judíos no es una paz de compromiso, sino el dominio total de los territorios ocupados, divididos en guetos, y la sumisión de sus habitantes, para impedir el nacimiento de un Estado palestino viable. Desde el punto de vista de Sharon y sus secuaces, la guerra sólo terminará cuando los palestinos acepten sin rechistar la soberanía israelí en Cisjordania y Gaza, partes del Gran Israel, por más que el empeño sepulte los ideales del sionismo. Los israelís libran una contienda colonial y, subsidiariamente, contra el terrorismo, que degrada a su arrogante Ejército. Por eso Arafat es "un obstáculo". Porque, pese a todos sus defectos, encarna el combate del nacionalismo palestino para sobrevivir ante la amenaza de muerte del vecino. Es "la guerra existencial" a que se refiere el diario Haaretz, última trinchera de la conciencia moral de Israel, al lanzar su alegato en favor de la intervención internacional o de un levantamiento popular como únicas salidas para escapar de las tinieblas.


 
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