Historia de una cooperativa que sí la
hizo
por Jesús Ramírez Cuevas
Indymedia México
La Coca y la Pepsi no pudieron desaparecerlos. La Cooperativa de Trabajadores
de Pascual es una empresa mexicana singular, una mezcla de lucha y esfuerzo.
EL PATO PASCUAL y Lulú Boing son refrescos que han acompañado
la infancia de muchos mexicanos. ¿Quién no recuerda los años
de escuela en los que uno saciaba su sed con un Pato de uva o una Lulú
de grosella? Hoy, las figuras del pato y de la niña de ojos coquetos,
se han convertido en símbolos de orgullo nacional.
Detrás de la imagen del Pato o la Lulú, está también
la hazaña de un grupo de trabajadores que primero luchó por
mejorar su situación laboral y luego por construir una empresa social
que –como lo reconocen empresarios y el mismo presidente de la República–
"ha escrito una historia de éxito" en el mundo de los negocios.
En la Cooperativa Trabajadores de Pascual, laboran 4 mil 400 personas
–casi la mitad son cooperativistas y cada año se incorporan más–
que reciben salarios por encima del mínimo y aumentos anuales según
la inflación o más.
La cooperativa cuenta con cuatro plantas (dos en la capital, San Juan
del Río, Querétaro; y Tizayuca, Hidalgo). Tiene una flotilla
de mil camiones de reparto; además de 19 sucursales y 28 distribuidores
independientes en casi todo el país. Sin embargo, su principal mercado
está en la zona metropolitana y el Distrito Federal, sobre todo
en escuelas, misceláneas, restaurantes y puestos semifijos. Ahí
vende sus tres marcas: Boing, Pascual y Lulú. Los supermercados
sólo representan el 20% de sus ventas. Su fuerte son las bebidas
a base de frutas, pero también produce agua embotellada y leche.
Es la tercera empresa en importancia en el segmento de bebidas a base
de frutas, donde abarca 26% del mercado con su clásico Boing. Sin
embargo, apenas abarca 3% del mercado de refrescos carbonatados embotellados.
Su trayectoria reciente es notable y amplió sus ventas y mercado.
El año pasado vendió 37 millones de cajas –8% más
que en 2001– y obtuvo ganancias por 2 mil millones de pesos (para comparar,
la cooperativa del periódico Excelsior iba a ser adquirida el año
pasado en mil 500 millones de pesos). Este año ha crecido más
que la competencia.
Consume 20 mil toneladas de fruta al año (mango, guayaba, tamarindo,
fresa, uva, piña, naranja, toronja y limón), lo que beneficia
a 15 mil productores del campo. Dos mil obreros del ingenio de Puruarán,
Michoacán, dependen de la compra de 24 mil toneladas de azúcar
anuales. Además, genera otros 7 mil empleos indirectos por insumos
que compra.
Exporta 2.4% de su producción a Estados Unidos, Canadá,
Centroamérica y el Caribe. Su proyecto es incrementar sus exportaciones
en cinco años al 10% de sus ventas. El mercado más atractivo
es el del vecino del norte, el cual, el año pasado importó
88 millones de dólares en refrescos mexicanos.
Proyecto de Pascual, “de la sociedad mexicana”
Si el pueblo mexicano es uno de los que consume más refresco
en el mundo, al menos nos queda el consuelo de que hay una empresa nacional
que produce bebidas envasadas elaboradas con frutas naturales, que es competitiva
y mantiene un sentido social en el mercado global.
Uno de los trabajadores más antiguos de la refresquera, Celerino
Terán Rosas, dice que "trabajar en Pascual es una satisfacción
enorme. Mi familia y mis compañeros de trabajo así lo ven.
Fueron años de lucha y sacrificio, pero valieron la pena". El ahora
presidente de la Comisión de Previsión explica: "Hoy nuestra
principal preocupación no es ganar dinero, sino crear empleos y
tener productos de calidad".
En este esfuerzo no han estado solos. Salvador Torres, presidente del
Consejo de Administración, refiere: "La población ha sido
el sostén de nuestro proyecto, nos dio apoyo moral y económico
durante nuestro movimiento de huelga. Después nos ha respaldado
con su preferencia. Por eso decimos que el proyecto de Pascual es de la
sociedad mexicana".
Algunos especialistas empresariales afirman que los logros de Pascual
se deben a que su producto es reconocido, tiene un nicho en el mercado.
Pero niegan que esto tenga que ver con su sistema cooperativista. Los cooperativistas
por su parte, lo atribuyen al esfuerzo colectivo, a la alta calidad, a
la gran aceptación del público y a las estrategias de venta.
Salvador Torres, añade que uno de los secretos de Pascual ha sido
ahorrar y reinvertir la mitad de sus ganancias para ampliar su capacidad
de producción.
La Entidad Mexicana de Acreditación le otorgó el año
pasado el certificado ISO 9001 de calidad en comercialización, distribución
y servicios al cliente, después de una reingeniería en ventas
efectuada por el despacho Esponda de Calidad y Desarrollo Empresarial.
La excelencia de sus productos le ha merecido diversos premios como
el de la Excelencia Europea, el Americano de Calidad y reconocimientos
internacionales al prestigio comercial, de bebidas, de marca y calidad.
Ha ganado tal prestigio, que la cooperativa negocia préstamos
directamente con bancos extranjeros para abrir nuevas plantas.
Por si fuera poco, la cooperativa cuenta con una fundación cultural
y un acervo de mil cuadros de importantes artistas que fueron donados para
financiarla. La fundación hace exposiciones itinerantes por todo
el país y apoya diversos proyectos culturales independientes. La
cooperativa otorga becas a sus trabajadores para terminar su educación
básica o apoya a los que deseen continuar estudiando. "Eso nos distingue
de las empresas de capital", añade Salvador Torres.
La huelga, el movimiento fundacional
La lucha de los trabajadores de Pascual tuvo mucha resonancia porque
fue uno de los pocos movimientos laborales que triunfó en los años
ochenta. La huelga que se prolongó durante tres años, fue
registrada minuciosamente por Paco Ignacio Taibo II en su libro Décimo
Round.
Creada en 1940, la refresquera Pascual comenzó vendiendo aguas
de frutas. Fue pionera en envasar agua natural (esa parte se transformó
en Agua Electropura). Su dueño, el empresario Rafael Jiménez,
fue visionario al crear un producto de fruta natural a bajo precio.
La prosperidad de la empresa contrastaba con los bajos salarios y las
condiciones laborales. Jesús García Venegas, con 36 años
de antigüedad, recuerda: "Trabajábamos mucho y descansábamos
poco. No pagaban bien y sólo nos daban tres tortas para comer en
todo el día".
Corría el año de 1982, la crisis económica y la
devaluación habían devastado los magros ingresos de los trabajadores.
El entonces presidente José López Portillo recomendó
a las empresas otorgar aumentos salariales de emergencia para paliar esta
situación. Pascual, que era la segunda del ramo, se negó
a darlo.
El 18 de mayo de ese año, los pascuales iniciaron una huelga
de brazos caídos para demandar aumento salarial y reparto de utilidades.
Pero el 31 de mayo, el dueño tomó violentamente la planta
ubicada en el centro de la ciudad y ordenó a sus golpeadores: "¡Disparen!,
¡Mátenlos a todos!". En aquel ataque murieron dos trabajadores
y 18 más resultaron heridos. Hoy a la entrada de la fábrica,
una placa recuerda a "los mártires de Pascual": Alvaro Hernández
y Jacobo García.
Los trabajadores sostuvieron su movimiento y el conflicto se prolongó
por tres años; y al final ganaron la batalla. En 1985, las autoridades
laborales emitieron un laudo a favor de los obreros, quienes optaron por
comprar la maquinaria.
Salvador Torres repasa esos momentos: "No fue fácil, pasaron
muchas cosas: represión, marchas, mítines, desalojos por
los granaderos, la toma de la Junta de Conciliación y Arbitraje
para presionar a la Secretaría del Trabajo. Después vinieron
los trámites para constituir la sociedad cooperativa que duraron
casi un año. Tuvimos que luchar mucho".
Por esa razón, dice Torres Cisneros, los trabajadores de Pascual
"recordamos esa época de batallas y cada primero de mayo participamos
en las manifestaciones independientes para reafirmar nuestro compromiso
con la sociedad".
El entonces presidente Miguel de la Madrid les prometió apoyo
para echar a andar la empresa, pero éste nunca llegó. En
cambio, los noveles cooperativistas recibieron la solidaridad de numerosos
sectores de la sociedad, incluidos algunos sindicatos. El STUNAM aportó
un millón 450 mil pesos "de los viejos que todavía valían",
dice el directivo. Con ese dinero habilitaron equipos, maquinaria y camiones.
En un principio eran sólo 176 trabajadores, de los mil 200 que
participaron en el movimiento, pero poco a poco se incorporaron los demás.
Al comienzo ninguno recibía ingresos. Todos revendían boings
en la calle que compraban a una sucursal en Aguascalientes. Meses después,
todos cobraban el salario mínimo más el 10%, desde el afanador
hasta el presidente del consejo.
Salvador Torres rememora: "Todo eso nos permitió capitalizar
la empresa. El primer año no repartimos rendimientos y establecimos
en los estatutos la obligación de invertir la mitad de las ganancias.
Ese es el secreto que nos ha permitido crecer como lo hemos hecho".
"Todos esos momentos que vivimos –continúa– nos hacen apreciar
la cooperativa como una entidad social que se debe a la sociedad. Por eso
los empleados estamos comprometidos en no dejar caer la empresa, no dependemos
de nadie, todo es nuestro".
La empresa "en un buen momento"
La Cooperativa Pascual es una empresa social en varios sentidos: está
en manos de sus trabajadores, algo impensable en estos tiempos de globalización
económica; su éxito económico es un argumento a favor
del cooperativismo; y quienes apoyan a Pascual lo hacen como una forma
de ayudar a la economía nacional.
Aunque el año pasado hubo una campaña a través
de internet llamando a la solidaridad con la cooperativa porque, se decía,
estaba a punto de quebrar. En su página de internet, la directiva
agradeció la solidaridad pero desmintió la información:
"Somos una empresa sana en expansión que se encuentra lejos de una
situación de quiebra".
Salvador Torres asegura que "la Cooperativa Pascual está en
un buen momento. A pesar de la crisis aumentó sus ventas por encima
de la competencia".
A pesar de no haber recibido ayuda gubernamental en sus 18 años
de existencia, Pascual ha logrado una solidez financiera. Por eso destaca
el apoyo indirecto de Andrés Manuel López Obrador, quien
en febrero pasado expropió los terrenos donde se ubican sus dos
plantas en la capital, que los antiguos dueños reclamaban –con un
valor de 190 millones de pesos–, y se los dio a los cooperativistas.
En unos días más, entrará en operación
su planta más moderna en Tizayuca, Hidalgo, con 300 trabajadores
nuevos. Ahí producirán 20 millones de cajas anuales de jugos,
refrescos embotellados y leche pasteurizada (más de la mitad de
la producción actual).
La planta tuvo un costo de 30 millones de dólares. El proyecto
fue financiado en mayor parte por la cooperativa y mediante un préstamo
blando otorgado por el banco francés Credit Agricole de 10 millones
de dólares a cinco años. Esto fue posible por la experiencia
financiera acumulada por los cooperativistas.
La fábrica de Tizayuca fue inaugurada por el presidente Vicente
Fox el 20 de junio pasado. Los cooperativistas lo invitaron, pese a que
su gobierno no les ha ayudado directamente.
El presidente se mostró "muy impresionado" con la moderna planta
de 52 mil metros cuadrados. "Este es un monumento al cooperativismo", exclamó.
Al recordar que él "era de la competencia", Fox dijo que Pascual
"es una muestra clara de lo que significa ese sistema y lo que puede darle
al país" y que "los cooperativistas con altura de miras, integrados
a la economía globalizada, son un verdadero ejemplo".
A la entrada atestiguaba el busto en memoria de Demetrio Vallejo, el
viejo líder ferrocarrilero que como asesor acompañó
a los trabajadores de Pascual hasta el día de su muerte.
En la reluciente nave industrial y con la moderna maquinaria francesa
recién desempacada, se envasará leche, se elaborarán
botellas de vidrio y envases de plástico para embotellar Boing,
Pascual y Lulú.
Entre los futuros planes de los cooperativistas está ampliar
la planta de San Juan del Río (una inversión de 8 millones
de dólares con dinero propio). Relanzarán sus refrescos embotellados
(Pascual y Lulú), todo un desafío pues el 90% del mercado
del refresco está bajo el control de empresas como Coca-cola y Pepsicola.
Los directivos de Pascual se quejan de la competencia desleal de estas
empresas pues en estados como Morelos e Hidalgo, las autoridades estatales
y municipales conceden contratos de exclusividad a la Pepsi y a la Coca
a cambio de dinero y materiales para impedir que los productos de Pascual
se vendan en escuelas públicas, misceláneas y ferias regionales.
Lo mismo ocurrió en Zacatecas y Guerrero.
Al respecto, Salvador Torres comenta: "No se vale que las autoridades
apoyen esto, ¿no que estamos en el libre mercado? Para nosotros
es muy importante dar la pelea porque es nuestra fuente de empleo, pero
también porque nuestro éxito fortalece el modelo de las sociedades
cooperativas, que en nuestro país no se apoya".
A pesar de todo, Pascual tiene expectativas para ampliar su mercado.
En tanto, sigue apoyando lo mismo huelgas, movimientos sociales, organizaciones
no gubernamentales, asociaciones civiles, que las fiestas para niños
que organiza la pareja presidencial en Los Pinos.
Así el Pato Pascual continúa haciendo de las suyas y
junto con la Lulú, ahora pretende globalizarse, eso sí, con
un sentido social.